¿Cómo afecta el cambio climático a la Patagonia chilena?


El cambio climático es un hecho, y el calentamiento global ya se reconoce como un fenómeno distinto de la variabilidad del clima. Según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), Chile es considerado un país altamente vulnerable ante el cambio climático.  

Dentro de los efectos del mismo en el territorio chileno, tal vez uno de los más impresionantes sea el que han sufrido los glaciares chilenos. Desde el 2014 los glaciares han disminuido en masa un 8%, pasando de 23.641 kilómetros cuadrados a 21.647 en 2019, según lo señalado por la Dirección General de Aguas (DGA). 

Es decir, han desaparecido 1.894 kilómetros cuadrados de superficie glaciar. De hecho, a excepción de tres, todos los glaciares inventariados se encuentran en retroceso. También ha aumentado la cantidad de glaciares, lo que puede deberse a que los glaciares más grandes se han partido y se han registrado diferentes desprendimientos. En 2014 se contabilizaron 24.114 glaciares, mientras que en 2019 ese número se ha incrementado a 25.725.  

Dentro de los riesgos de esta disminución se encuentra el que el retroceso acelerado de los glaciares hace que se libere terreno inestable, lo que da pie a deslizamientos y avalanchas, generando el riesgo de crecidas de orden glaciar. 

 

La Patagonia en riesgo

Se predice que el cambio climático tendrá el efecto de aumentar los eventos climáticos extremos, como las inundaciones y sequías que ya son evidentes en muchas partes del mundo. En la Patagonia chilena ya se registran cambios en el régimen de precipitaciones, habiendo menos en el norte y más en el sur, lo que altera el cauce de los ríos y genera sequías en zonas más septentrionales. 

Un riesgo considerable es el aumento de temperatura que impactará a la Patagonia: la desertificación ya es un problema detectado al Este de los Andes. Los hábitats de distintas especies y el futuro desarrollo de población humana pueden ver fuertemente comprometidos.  

Por otra parte, no hay que olvidar que los glaciares de la Patagonia, por su volumen y densidad, contienen altos niveles de reservas de agua, 40% más de lo que representan, por ejemplo, los Alpes en Europa. Nada menor entonces si pensamos en la situación actual de estos llamados “tesoros del extremo del mundo”. 

Uno de los aspectos que más preocupa a los científicos es la predicción sobre cómo el cambio climático repercutirá a la larga en el sistema básico marino, en los mamíferos y finalmente el impacto social y económico en cada región. 

Los pequeños cambios pueden tener grandes consecuencias, difíciles de predecir y controlar: los cambios dentro de las microalgas pueden afectar a los animales que se alimentan de ellas o generar cambios a su vez en la estructura secundaria del sistema marino. 

Las floraciones algales desmedidas -llamadas comúnmente “marea roja”- pueden provocar la muerte de algunas especies, pues sobrepoblan el sistema y comienzan a consumir más oxígeno. Como resultado, algunas especies se asfixian o terminan siendo contaminadas con toxinas. 

El aumento de dióxido de carbono en el mar -que disminuye el pH del agua y aumenta su acidez- provoca que los animales invertebrados con estructuras de calcio vean su desarrollo interrumpido. El kril es uno de estos animales, que a su vez es el principal alimento de grandes cetáceos como las ballenas.

Ya es posible comenzar a confirmar algunos cambios a simple vista: hay menos ballenas jorobadas en la zona, mientras que han aumentado algunas especies de delfines. Este año se avistó un delfín liso y lobos antárticos, los que antes no se encontraban en la región de Magallanes.

El proceso de cambio climático es global y progresivo, y la discusión ya está instalada. Algunos creen que incluso reaccionando ahora puede ser demasiado tarde, mientras que otros creen que los siguientes diez a quince años serán fundamentales. Una pequeña fracción se empecina en negar que efectivamente exista algo llamado “cambio climático” y retrasa la discusión, poniendo en cuestión los avances que se intentan llevar a cabo. 

A la larga, serán los distintos gobiernos los que, regulando, estableciendo restricciones medioambientales y promoviendo protocolos realmente efectivos, pueden ayudar a proteger estos ecosistemas y paliar los daños ya sufridos. La fase de sorpresa y alarma ya ha pasado. Ahora es necesario hacerse cargo.