Rasgos culturales del extinto pueblo aónikenk


Cuando queremos expresar la belleza de la Patagonia chilena, las palabras parecen no alcanzar. Caudalosos ríos, enormes lagos, nobles árboles, gélidos glaciares y montañas gigantes han estado ahí resistiendo el paso del tiempo, desde mucho antes que cualquier lenguaje intentara esbozar alguna descripción.

 

Ya sea por efectos de la propia naturaleza o por intervención directa o indirecta del ser humano, no todo lo perteneciente a la Patagonia chilena ha logrado perdurar. Lamentablemente, este es el caso del extinto pueblo patagónico conocido como aónikenk o tehuelche

 

¿Cómo eran los aónikenk?

 

Habitantes de las estepas patagónicas desde hace miles de años, los aónikenk fueron un pueblo 

dedicado principalmente a las labores de caza de animales y recolección de frutos y vegetales comestibles.

A diferencia de cómo lo hacen los actuales visitantes y habitantes de la Patagonia, ellos se desplazaban a pie por la extensa zona austral. Lo hacían en busca de animales comestibles como ñandúes y guanaco, estableciendo campamentos periódicos en los lugares aptos para esas labores.

Los españoles, con sus expediciones en tiempo de la Conquista, entablaron relaciones con los aónikenk y fueron los que bautizaron a este grupo originario como “patagones” por su gran tamaño, ya que llegaban a alcanzar los 2 metros de altura

El contacto con los ibéricos empezó a modificar la cultura y costumbres aónikenk. El cambio se vio reforzado con la introducción del caballo en tierras patagónicas por otro pueblo originario: los aguerridos mapuches. 

Así, los aónikenk reemplazaron el lento transporte a pie por la rapidez y comodidad de los equinos, lo que les permitió abarcar extensiones más grandes y facilitar su desplazamiento hacia los territorios de caza. 

Además, con la llegada del caballo se reemplazó también el arco y flecha por boleadoras: los aónikenk se convirtieron en verdaderos expertos en el manejo de esta complicada arma de caza.

 

La sociedad aónikenk

 

La estructura social del pueblo se basaba en tribus conformadas por diferentes familias emparentadas. Cada tribu la lideraba un cacique: zanjar conflictos internos, guiar la cacería y conformar expediciones eran sus labores principales. Y cuando existía un conflicto mayor (generalmente guerras con otras etnias como los mapuche), los caciques se reunían en asambleas para determinar los pasos a seguir.

Así como la altura, la longevidad también era una de sus características. Las extremas condiciones climáticas de la Patagonia en vez de mermar su fortaleza física, la potenció. ¡En las comunidades habían numerosos miembros ancianos de 80, 90 y hasta 100 años!

 

Pinturas corporales y artesanía

 

Las famosas pinturas corporales de los aónikenk no tenían sólo un fin estético. Innegable es la belleza que se puede reconocer en ellas, pero también tenían un fin práctico: protegerse del frío y el viento de la zona austral.

La pintura usada era grasa animal cocida de textura gelatinosa, mezclada con otros ingredientes naturales como el ocre y la arcilla que le brindaban color. 

Por su parte, las mujeres se coloreaban el rostro con fines netamente estéticos. Para ello usaban el zumo del calafate, un fruto propio de la Patagonia de un color azul intenso. 

Los aónikenk también llegaron a usar rústicos telares para confeccionar prendas que les brindaran algo de abrigo contra el despiadado clima. Se especula que manejaron esta técnica gracias a la influencia postrera de los mapuche.

Otra técnica rústica que manejaron fue la platería, la que les permitió confeccionar sencillos objetos como botones y hebillas.

 

El ocaso del pueblo aónikenk 

 

Si ya la llegada de los españoles y la influencia mapuche cambió definitivamente a este noble pueblo originario, fue la fundación del Fuerte Bulnes en 1843 la que impuso la presencia del pueblo chileno en la Patagonia y, con ello, se selló el comienzo del fin de los aónikenk. 

El Fuerte Bulnes permitió la posterior instalación de estancias ovejeras en la Patagonia que confinaron a los aónikenk a lugares cada vez más aislados: finalmente los empresarios ovejeros terminaron por despojarlos de casi todo su territorio.
Por si fuera poco, la viruela hizo su parte atacando implacablemente al pueblo aónikenk. Su número se vio significativamente reducido y, ante el abandono del Estado Chileno, se movilizaron hacia territorio argentino. La última vez que se les vio en tierras patagónicas chilenas fue en 1927. Nunca más regresaron.